El pasado 29 de abril Guillermo Alejandro Orange-Nassau fue coronado rey de Holanda. La televisión ha retransmitido las distintas ceremonias que han tenido lugar en Amsterdam para festejar tan magno evento. Máxima Zorreguieta se ha convertido en reina consorte luciendo espectaculares alhajas acompañadas de una resplandeciente sonrisa. La argentina ha desempeñado su labor de princesa, desde que contrajo matrimonio el 2 de febrero de 2002, de manera óptima tal y como reflejan los sondeos. La realeza tiene un aura especial no solo por los cargos y títulos que ostenta sino por la puesta en escena que despliegan sus ceremoniales.
Gran parte de los cuentos clásicos están protagonizados por príncipes y princesas. Las heroínas de los relatos infantiles personifican un ideal, La Cenicienta o La Bella Durmiente encarnan arquetipos de belleza física y moral. Recuerdo de pequeña, una colección cuentos antiguos en casa de mi abuela. Eran libros de amplias páginas e ilustrados con preciosos dibujos que mostraban a espectaculares princesas de largas y onduladas cabelleras ataviadas con preciosos vestidos. Yo era una niña y me fascinaban esas imágenes. Mas adelante comprendí que las princesas de los cuentos son una cosa y las de carne y hueso otra. La ficción permite la ensoñación pero la realidad es distinta. Tener sangre azul no implica necesariamente poseer valores morales ni atractivo físico.
Para familiarizarnos con los rostros de la familia real española a través de los siglos lo mejor es darse una vuelta por el museo del Prado. Gran parte de los fondos de la pinacoteca provienen de la Colección Real desde que fuera abierto al público como Museo Real de Pinturas en 1819, gracias al empeño de Fernando VII y su segunda mujer Isabel de Braganza. Desde el siglo XVI hasta el XIX podemos hacer un repaso exhaustivo del aspecto físico de nuestros reyes, reinas e infantes. Al observar detenidamente la larga serie de retratos custodiados en el museo, comprobamos que en España hubo bastantes reyes y reinas de físico poco atractivo; mas si cabe teniendo en cuenta que los pintores trataban, con todos los medios a su alcance, de presentar a sus egregios modelos de la manera mas digna y favorecedora posible. El artista debía ofrecer una imagen de majestad y poder en la que todo estaba medido y calculado. El aspecto y la postura del retratado eran fundamentales para ofrecer un mensaje claro a sus súbditos. Los monarcas aparecían rodeados de sus atributos como la corona, el bastón de mando, el manto de armiño o el toisón de oro, mientras que las reinas lucían impresionantes joyas y ropajes.
Hoy en día sucede algo parecido con las fotografías oficiales, en ellas se trata de ofrecer una imagen atractiva e incluso cercana. Los mejores fotógrafos del mundo son requeridos por las casas reales. Estos profesionales juegan el papel que en su tiempo desempeñaron los pintores de cámara. Mario Testino ha inmortalizado en diversas ocasiones a la familia real inglesa y fue el encargado de retratar al príncipe Guillermo con su prometida con motivo de su compromiso matrimonial. También Isabel II se puso bajo los focos de Annie Leboivitz que realizó un maravilloso retrato de la soberana lleno de armonía y serenidad basándose en una obra de Sir Thomas Lawrence de 1789.
Juan Carlos I es un hombre alto, de buena planta y con innegable atractivo físico y lo mismo podemos decir de su hijo y heredero Felipe pero los primeros reyes de la dinastía borbónica en España junto con sus esposas fueron poco agraciados. Isabel de Farnesio y Bárbara de Braganza, aficionadas a la buena mesa, estaban entradas en carnes. Carlos III y Carlos IV tenían una descomunal nariz y sus respectivas mujeres tampoco les iban a la zaga en falta de belleza. Las crónicas de la época sobre la supuesta fealdad de María Amalia de Sajonia, consorte de Carlos III, no concuerdan en absoluto con los retratos que nos muestran a una dama de aspecto agradable.
María Luisa de Parma era relativamente agraciada en su juventud pero a consecuencia de sus veinticuatro embarazos y catorces partos envejeció prematuramente, su tez se volvió amarillenta y perdió la dentadura. Al observar el maravilloso retrato de Mengs, como princesa de Asturias, y los que le pintó Goya años mas tarde parece que estamos ante otra persona al igual que ocurre con su marido Carlos IV.

Anton Rafael Mengs. María Luisa de Parma, princesa de Asturias. Hacia 1765. Museo del Prado. Madrid.
Los grandes pintores y escultores han tenido la responsabilidad ofrecer a la posteridad no solo la semblanza de reyes y reinas, sino el mensaje que las monarquías absolutas deseaban transmitir a sus súbditos, una semblanza adecuada y representativa de su estatus, no en vano el refrán dice: “Una imagen vale mas que mil palabras”.


































































